Los participantes en la Plaça d´Art afrontan con nervios la feria, ya que aseguran que servirá para tener una idea de cómo será la temporada. Todos temen que sea todavía peor que el pasado verano, tras el que algunos han tenido que buscar un segundo empleo.
FUENTE: DIARIO DE IBIZA, 9 ABRIL 2009
EIVISSA | MARTA TORRES
Las doce de la mañana. Hace una hora que se ha abierto la Plaça d´Art y, de momento, los vendedores están a oscuras. «Hay una avería», comentan mirando a los dos operarios que intentan arreglarla. Los que están más cerca de las puertas apenas lo notan, pero los artesanos que tienen los puestos en el centro están en penumbra. «No sé si es un buen presagio», se oye que comentan algunos de los que han venido de fuera de la isla para participar en esta feria, que casi todos afrontan con el corazón en un puño. La mayoría cree que, como la marmota norteamericana, indicará si la crisis está a punto de acabar o si su fin está lejos.
El joyero Benjamín Castillo comparte espacio bajo la carpa con Andrés Romero, que trabaja el cuero. «La feria pinta muy confusa. Todo es incierto en estos momentos», asegura Benjamín segundos antes de repasar todos los datos sobre las previsiones de cómo irá la temporada turística que ha leído en la prensa en las últimas semanas. Él es optimista y está convencido de que notarán más la crisis los comercios que los artesanos, dice mientras Andrés afirma con la cabeza. De momento, los dos aprovechan la mañana para leer, charlar y tomarse unas cervecitas. «Al menos nos lo pasamos bien», indican a pesar de que la primera mañana no está siendo muy productiva. «Cuando vengan los políticos a la inauguración seguro que mejora. Ellos siempre compran», comentan con ironía.
Tomar la medida
Judith Serra está sentada detrás del mostrador. Lo normal sería verla creando sus esmaltes en el pequeño horno que tiene a sus espaldas, pero sigue sin haber luz en la carpa de Vara de Rey, de manera que no funciona. De momento no está preocupada. En poco más de una hora ha vendido algunos collares y pendientes y espera que vuelva la electricidad antes de que se acabe la mercancía que ha traído para la feria. Judith espera que la feria vaya bien. Lo desea. En realidad confía que la temporada no sea tan mala como la anterior. Sabe lo que dice porque por primera vez este invierno ha tenido que buscarse otro trabajo. «Otros inviernos, con lo que generaba en verano podía vivir. No podemos competir con los precios de los comercios», detalla. La artesana explica que desde finales del pasado verano ha estado trabajando como restauradora del patrimonio histórico. «No sé cómo nos irá este año. Esta feria, la primera de la temporada, nos servirá para tomar el pulso al verano», afirma mientras su hijo Unai, de siete años, intenta llamar su atención. «Mira qué salchichas más grandes», le grita señalando el puesto de comida que hay frente al de su madre.
Por la carpa no dejan de pasar visitantes, turistas en su mayoría. Combinan chanclas con chubasqueros de colores. Se detienen frente a casi todos los puestos, pero apenas compran. La luz parpadea en un tímido intento por alumbrar la feria. Los artesanos miran al techo y algunos hasta aplauden. Sobre todo los que en las dos horas que lleva abierta la feria han perdido alguna venta porque sin electricidad no podían pagarles con tarjeta. Pero la luz no vuelve. Los focos se apagan tras unos segundos de funcionamiento. «Aquí no hay luz pero las máquinas de la zona azul de la plaza sí funcionan», reflexiona una de las visitantes en cuanto la carpa se vuelve a quedar a oscuras. Con tanto ir y venir de la luz y tanta crisis algunos de los 27 artesanos están un poco nerviosos.
Roberto Díaz y Susana Sani son optimistas «por naturaleza» y se niegan a pensar que este verano puede ser peor que el pasado a pesar de que reconocen que el invierno «ha sido duro». En los últimos 25 años Roberto sólo ha faltado a la feria en dos ocasiones. «Hemos preparado lo mismo que otros años», afirma Susana. De hecho, a diferencia de otros artesanos, no han bajado los precios de sus productos. Eso sí, han elaborado versiones pequeñas y más económicas de los objetos que venden: incensarios, relojes y otros productos de cerámica. «Hay que afrontar la feria con energía», insiste Roberto. «Hay cosas con las que no podemos competir. Tiendas que por dos euros y medio venden dos muñecos articulados que hacen luz cuando les aprietas. ¡Y vienen en una caja de plástico! Si a nosotros sólo la arcilla y poner en marcha el horno ya nos cuesta eso», apunta Susana. Una pareja joven se acerca al puesto. El año pasado ya compraron algunos regalos para la familia. «Veníamos a ver si teníais algo nuevo», le comentan. «Yo me conformo con vender un 60 por ciento de lo que vendimos la Semana Santa pasada», añade. A pesar de los malos tiempos, Roberto no se plantea dejar su trabajo como artesano. «Ya no estamos para eso», comenta saliendo de la carpa para pasear a su perro Sagu, que les hace compañía en la feria. «Significa ratón en euskera», apunta Susana todavía a oscuras.
Doce días de feria
La Plaça d´Art puede visitarse hasta el próximo 19 de abril, domingo. Los puestos están abiertos de once de la mañana a dos del mediodía y de cinco de la tarde a las diez de la noche.